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martes, 29 de marzo de 2016

Lo digo o no lo digo?

Me cuesta saber cuando hablar y cuando callar. Muchas veces meto la pata por esto. Digo cosas que no quiero, que no siento, por bronca, dolor, enojo. Me gana la impulsividad.

A menudo pienso que muchos hablan y poco saben. Que se encargan de criticar y ser el señor "me las sé todas" cuando no están ni cerca.

Por otro lado, los que más callan son los que más acumulan. Todos sabemos que cuando éste diga algo nos tenemos que agarrar fuerte. Un grito, o una frase sabia. No hay punto medio.

¿Sabés quién más calla? El que se muere de amor y no puede decirlo. La que le gusta un amigo y tiene miedo de cagar la amistad. El nene que recibe golpes en la casa, la que no soporta que todo el tiempo critiquen sus ideales y por eso prefiere mantenerse al margen.

Siempre me dicen que soy la que más habla de la familia, y en realidad eso depende porque, si me conocieras por primera vez, sabrías que me cuesta mucho sacar una palabra hasta entrar en confianza.

Le temo al rechazo, al abandono y a lo desconocido porque siempre pienso en el dolor. Bah, pensaba. Con el tiempo entendí que todo termina muy rápido, y pierdo tiempo teniendo esa mentalidad de mierda. Cada segundo importa. Cada "Hola, que tal?" , "Te necesito hoy", "Sos muy importante para mí" cuenta.

Mi primer post del blog trataba sobre mi negación de ir a un psicólogo, aunque quien escribe sabe muy bien que lo necesitó por mucho tiempo. Hoy, más tranquila y adulta, puedo decir que aprendí muchas cosas por mí misma. Gracias a callarme y a hablar cuando debía, y a cuando no tambíen. Mis errores y aciertos me traen a donde estoy hoy. Y sí, acá es donde me gusta y quiero estar.


"Y el que quiere Celeste..."

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